Hace casi dos años de aquel doloroso invierno. Desde entonces sólo he encontrado consuelo en el aislamiento. Aunque debo confesar que de niña también fui así, un pequeño autista exiliado dentro de su propia caracola. Bueno, tampoco soy inocente, mejor dicho un mafioso siciliano arrinconado de espaldas a la pared, en busca de la protección de las esquinas para no ser baleado por la espalda. Es una vieja práctica que ejercitamos quienes tenemos cuentas por pagar. Yo tengo muchas, pero un gángster suena ambicioso, quizá sólo un bicho insignificante, pariente lejano de las orugas y los cangrejos ermitaños, de esos que se hacen bolita ante el menor contacto con lo ajeno. Sólo hay una manera de relacionarse con los demás y es no haciéndolo.
El dilema de Houdini (fragmento)
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